
Desde sus inicios, la Antropología ha sido una disciplina eminentemente antropocéntrica. Una vez desvinculada del colonialismo, la antropología se ha implicado políticamente en la defensa de los derechos de múltiples comunidades humanas (indígenas, marginadas, minorías, etc.), entre otras líneas de investigación. Aun así, a pesar de que se ha interesado por los animales, como en el caso de la etnografía multiespecies, raramente se los ha considerado desde el punto de vista ético, como en el caso de Barbara Noske (1992), y todavía menos desde el punto de vista político. En consecuencia, no se ha indagado en el sufrimiento ocasionado por los humanos a miríadas de poblaciones animales, como en el caso de los animales utilizados en la experimentación biomédica, y, por lo tanto, no se los ha reconocido como seres los derechos de los cuales son indiscutiblemente vulnerados. Ahora bien, este paradigma empezó a transformarse a partir de los años ochenta (siglo XX) con investigaciones como las de Arnold Arluke (1988), el trabajo etnográfico del cual en laboratorios empezó a desvelar el sufrimiento animal ante los científicos y a cuestionar qué, o quienes, eran los animales. Esta forma innovadora de abordar la cuestión animal, de llegar incluso a politizar la opresión de los humanos hacia los animales, sin sesgos antropocéntricos y crítica con la exclusividad moral de los humanos, es “una” de las maneras en que se declina la antropología radical.
Hablamos de “una” porque existe una variedad de líneas incluidas en esta antropología que tratan cuestiones indígenas, racismo, etc. Lo que suele pasar es que, cuando se privilegian las diferencias entre los seres humanos, se olvida que la supremacía humana sigue estando imbricada en esas mismas relaciones. Un artículo que condensa esta antropología es el de Helen Kopnina (2017), en el cual expone la necesidad de reconfigurar, e incluso politizar, las opresiones de los humanos hacia los animales. De este modo, conceptos que habitualmente se utilizan para el análisis social o socioeconómica pueden resultar igualmente productivos académicamente para los “animales de laboratorio”.
Concretando, en nuestro caso, el concepto central es el de «crisis de reproducción social», abordado desde la antropología social en su intersección con la economía política.
Nos referimos a la obra de Susana Narotzky (2020), en la cual muestra las tensiones entre los procesos de valorización del capital y las valoraciones o marcos de valor que se atribuyen a las personas que contribuyen a estos procesos. El contexto social escogido fue el de la última crisis financiera (2008-2017) a los países del Sur de Europa. En otras palabras, la autora indaga como, en el nivel micro de las poblaciones humanas, estas se reorganizan para continuar manteniendo una vida digna, para llevar a cabo unos proyectos, etc. Además, este fenómeno afecta en el nivel macro la continuidad de una sociedad estructurada.
Análogamente, la crisis de reproducción social puede ser aplicada a los animales de laboratorio. Para estos individuos, la crisis no es únicamente temporal, sino que se entreteje con una crisis perpetua desde el momento en que la biomedicina, en el siglo XVII, inicia su investigación con ellos, y ya en el siglo XX se convierten en puros modelos.
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